Una máxima manida y de general vigencia en el ámbito docente es la que recuerda al alumno que un comentario de texto no puede contentarse con consignar un mero parecer doxástico. Ha de consistir en algo más. En rigor, las meras expresiones de placer o displacer, de conformidad o desacuerdo, no tienen cabida en él. No hay lugar, pues, para expresiones, más propias del limitado discurso de los niños pequeños («Me gusta mucho...», «No estoy de acuerdo...», &c.).

Así, se desea promover el ejercicio de la abstracción (o eso parece); se busca enderezar la mirada e impugnar el ombligo-centrismo ínsito a la actitud desprejuiciada, a-crítica, que no ha reflexionado, todavía, sobre la escala desde la que se movilizan las propias convicciones. A colación de esto último (y aprovechando, también, que a todo ensayo que se precie le quedan «fetén» las citas de autoridad), puede invocarse la distinción que Ortega y Gasset efectuaba entre Ideas y Creencias.

[Nota/Excurso, así, sin motivo aparente: como recordar es «volver a vivir», en este momento no puedo sino acordarme del más carismático de los catedráticos de Lógica que hube y habré de conocer nunca: José Manuel Méndez Rodríguez, quien era asiduo a decir «fetén» y otras sublimes palabras. Muchas gracias a él y a quiénes se afanan por mantener viva la riqueza de la lengua española.]

Cuando unas líneas arriba digo «convicciones», léase en el sentido orteguiano de la creencia. Tirando del hilo que nos ofrece Ortega, diríase que mientras que las Ideas son algo putativo y fungible, las Creencias, en cambio, presentan una virtualidad más sustancial, y por ello se prestan más al inmovilismo (aun cuando se conceda que las Creencias se sostienen muchas veces sin una prueba teorética o referente que sea dable aducir como «prueba» o «indicio» de su «verdad»). Es desde ellas que en cierto modo «se crea mundo» (o «inmundo», como advirtió Heidegger). ¡Y qué decir de la metáfora visual! Platón se sirvió de ella para resumir vívidamente lo esencial de la actividad filosófica.

Desde la perspectiva que trato de barruntar, el trabajo con las Ideas (a las que reputaré útiles tan, valga la redundancia, útiles como un martillo) admite cierto margen de maniobra: son los mejores (provisionales) resultados obtenidos a partir de una reflexión de segundo grado acerca de las modalidades en que se puede manifestar la praxis humana (saberes técnicos, artísticos, religiosos, políticos, &c.). Las Creencias, por el contrario, no se dejan meter mano tan fácilmente. Más todavía: muchas veces se presentan con la (pretendida) forma de Ideas, fruto del ejercicio de la conciencia crítica.

Pues bien: comoquiera que en el momento de escribir la presente me veo embebido de un cierto «anarquismo metodológico» (o frenesí de «pseudo literato-revolucionario» que se siente muy bravo), cancelaré e inobservaré la máxima que apuntaba al inicio de este texto, y aproximaré la esencia problemática de lo que aquí quiero plantear echando mano de otra cita juguetona que nos ofrece la historia de la filosofía: siempre me ha gustado mucho la frase «El estilo es el hombre».

¿Qué pretendo con esto? Primero, generar momentáneamente algo de suspense, aunque sea echando mano de un dato anecdótico, a modo de argucia: ¿sabían que el autor de esta frase, a diferencia de lo que muchos creen (deben padecer eso que llaman «Efecto Nelson Mandela»), no es Michel Foucault, sino el Conde de Buffon (cuyo nombre real era Georges-Louis Leclerc, ignoro si es familia del piloto monegasco de Fórmula 1)? Segundo, hacer más «visual» el tipo de conflicto que suscita la que quizás sea la aporía fundamental de la Filosofía; por decirlo echando mano del título de una obra clásica: The Man Versus The State (SPENCER, 1884).

¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Cómo decía; tenemos Ideas, de un lado, y Creencias, de otro. Unas, que serían las piezas de un puzzle, más o menos modificable; y otras, que serían la mesa misma en donde se pone ese mismo puzzle (más todavía: una mesa cuyo carácter de realidad, en principio, no se disputa, a no ser que tengamos buenos motivos para pensar que se está alucinando). ¿Cuál es el problema? A diferencia de lo que sucede con un puzzle, producto industrialmente producido siguiendo un perfecto y homogéneo patrón, las Ideas no tienen unos contornos perfectamente pre-definidos. Su cartografía viene dada in medias res, se configura por colisión o mezcolanza con otras alternativas. (Además, muchas veces las desavenencias se suscitan en la frontera de la inteligibilidad: en la esfera de lo que parece sustraerse a una recíproca traducción, porque, quizás, siquiera sea dable eso, si se asume que hay escalas inconmensurables).

Sobre el papel, la máxima metodológica por la que se censura la expresión de pareceres individuales tiene un fin loable: se trata de enseñar (o recordar) que hay un ámbito de proyección o convergencia que trasciende el aspecto de incomunicable singularidad que entraña el particular en sí mismo considerado (además: ¿quién puñetas nos creemos que somos para cuestionar nada al mismísimo Platón o Aristóteles?).

Bienintencionadamente, se intenta entrenar al alumno en el ejercicio de la abstracción, habilidad por la que se pone distancia entre el fenómeno, es decir, entre lo que aparece, tal y cómo se nos da (o, si se prefiere, el ego o nivel de la percepción inmediato- sesgada) y lo que sería la genuina o mayor realidad de las cosas (conjugo el verbo en condicional, por motivos que en modo alguno reputo filosóficamente superfluos, como trataré de hacer ver en las líneas que siguen). Este último extremo tendría la mayor de las dignidades porque, precisamente, por subyacer a la apariencia contingente y potencialmente falaz que revisten las cosas en una primera observación, su nota antagónica sería la necesidad, o sea: ser inamovible, tener una inderogable o estable mismidad en la recurrencia de todas sus posibles manifestaciones (a la cual se accede una vez se haya «desvelado» todo cuanto «ocultaba» esta raíz o determinante ontológico supremo).

Semejante filosofema (que hay algo más allá del fenómeno, algo, además, «incondicionado») es, sin embargo, un presupuesto, en el literal sentido de la expresión. Es algo que, por definición, se supone, en un doble sentido, activo y pasivo. Y ello porque; (i) para nuestra epocalidad pos-metafísica, hondamente influenciada por la crítica de Kant, parece harto difícil (o imposible) sustraerse de esta suerte de esquema o estructura trascendental (aunque sea a título de lo que el prusiano denominaba «idea regulativa»); (ii) asimismo, es la mudable contingencia la que nos fuerza a buscar o establecer un «punto arquimédico» (que Descartes encontraría en la certeza del cogito, aunque, como sucede a menudo, nadie descubre nada; recuerden a Agustín de Hipona: «si fallor, sum»).

Por una u otra vía, recibimos y/o ponemos el susodicho filosofema. De algún modo deseamos «cerrar» los «sistemas» (que ya no pueden ser «totales»), aunque sea provisionalmente («cerrar» no es «clausurar»). También sabemos que cuando nos falta una respuesta «lógica», la dimensión más «creativa» (y «emocional») del cerebro interviene, y si hace falta, se «inventa» una respuesta (algo utilísimo, por ejemplo, para evitar la quiebra de la propia identidad personal; esto es, a grandes rasgos, aquello que en Psicología se denomina «disonancia cognitiva»).

Me atreveré a conjeturar que el gran mal que asola la Universidad de «nuestro tiempo» consiste en haber tratado de emular a toda costa los usos y costumbres de las llamadas «ciencias duras». A su base se halla el grosero dualismo por el que se otorga un privilegio epistemológico al referido ámbito, en detrimento de otro («Humanidades») que queda definido, per negationem, como todo cuanto escapa a la formalización lógico-matemática, experimentalmente controlable (con todo, reconózcase: es mucho presuponer que toda actividad «científica» sea susceptible de reproducibilidad empírica en circuito cerrado; al contrario, la filosofía de la ciencia contemporánea ha reflexionado sesudamente sobre qué sea una teoría suficientemente explicativa: ¿explicación es, siempre y en todo caso, predicción?).

Disertar con «rigor geométrico» sobre cuál sea el origen histórico-filosófico preciso de este orden de acontecimientos es algo que excede (con creces) el propósito de esta bitácora. No obstante, se puede aprovechar la ocasión e indicar que una de las áreas lamentablemente más ignoradas de la Filosofía, yo creo, es la «heurística». Una cosa es cómo se justifica una teoría, y otra bien distinta, en qué circunstancias pariste a la creatura (por ejemplo: la manzana que impactó en la testa de Newton). Es por esto que tendré a bien finalizar la entrada esbozando algunos pensamientos en relación a varias preguntas que están de moda: ¿para qué queremos Filosofía en las aulas? ¿Goza de buena salud esta «cosa nuestra»? ¿Qué condiciones la hacen posible (necesaria)?

Digamos que las exigencias homogeneizadoras del modo de instrucción contemporáneo, la práctica efectivamente existente en los circuitos de la educación reglada, entra en contradicción con la apertura que se requiere (aunque sea en grado relativo) para cultivar una fértil heurística (que no pocas veces conducirá al alumno inteligente a salirse por la tangente; lo que sea esta desviación, por su parte, se define, claro está, desde la fría perspectiva de los «indicadores de calidad» y otros formalismos de cuño burócrata). Esto parece cierto; y no menos cierto parece, también, que por muy librepensadores que nos consideremos, no podemos ser ajenos a que las instituciones del control social formal, en esto, cumplen una labor necesaria (inevitable): algún filtro hay que establecer, parece (a no ser que se mantenga una tesis abolicionista, derogatoria de la intervención coercitiva estatal en el ámbito de la transmisión de cultura, por entenderse que esta debe darse espontáneamente, anulando así los perversos acicates a los que se presta la organización administrativa, que moviliza, exacción fiscal mediante, ingentes recursos humanos y económicos).

Confieso que no han sido pocas las veces que me he cuestionado, al plantearme cómo encarar la confección de un trabajo académico, qué paso en falso podría estar dando quien ahora escribe. Se supone que ser extrínseco, opacar la claridad y pertinencia del discurso (valorada esta pertinencia desde la óptica de la simple superación de los correspondientes trámites formales que se requieren en orden a la obtención de un título, por supuesto). Además, en tal caso, no cabría aducir la baza de la represión, en pos de la libertad de pensamiento (i.e. con base en una crítica lege ferenda del sistema educativo). Uno tiene que saber dónde está, cuál es su foro, aunque lo cortés no quita lo valiente, dicen.

Partiré de considerar que no se puede filosofar de espaldas a la tradición (esto que yo juzgo como un truismo, no es visto así por muchos). En este sentido, sostendré que la consigna lúdica del culto pedagógico (SÁNCHEZ TORTOSA, 2018) incurre por defecto en el mismo vicio reduccionista de quienes acaban por hacer de la impartición de una asignatura así denominada, una mera concatenación inconexa (aun «erudita») de nombres y fechas. Más todavía, diré que no veo razón por la que debiera considerarse semejante ejercicio adicional, extramuros del momento positivo-histórico, una superflua execrencia (no al menos si es correctamente ejecutado, por supuesto). Y ello, incluso, en el marco actual, habida cuenta precisamente del tipo de trabajos que proliferan en los circuitos académicos (trabajos que rara vez esbozan pensamientos originales, y no es de extrañar, pues ello puede entrañar una merma de la retribución académica otorgada al trabajo; no deja por ello de resultar chocante, pues nuestros benditos planes de estudios se jactan de promover una enseñanza basada en «competencias» y no en «contenidos», como si con ello se obtuviese, mágicamente, capacidad para ejercitar el «pensamiento crítico»).

La tónica que yo he podido apreciar en las aulas es desoladora, profundamente desmotivadora: alumnos verdaderamente brillantes se han visto de una u otra manera sometidos a censura. También los hay que tratan de suplir sus carencias «tirándose un triple». Para qué negarlo. Pero más urgente que pensar en estos últimos, me parece tomar en consideración el tiempo y posibilidades perdidas, en una época como la nuestra, que podemos considerar, al menos en lo tecnológico, el mejor de los mundos posibles (si por tal cosa entendemos precisamente el que más posibilidades brinda). En consiguiente, aun cuando pudiera resultar extrínseco, por razón del objeto (así definido, en términos de una doxografía inerme, sin potencia crítica), la impertinencia, a mi juicio, insisto, sería en todo caso aparente, toda vez que dicha atribución descansaría en la asunción implícita (rara vez explícita) de cierta concepción sobre la filosofía, en la que todo queda reducido a una discusión auto-referencial (en los textos mismos, sobre los textos y sobre nada más que esto). Deviene así la filosofía en un discurso para iniciados, un arte cultivado por «especialistas» que se leen entre ellos (aunque a veces, ni esto). Un sucedáneo sustraído de su principio activo, que es la crítica que solamente se puede hacer sin perder de vista el presente en marcha. Esto, desde luego, no excluye la necesidad de cultivar los métodos histórico-filológicos.

Tal es, en fin, una concepción nihilista, en la que el ente denominado «universidad» acaba por reducirse a institución destinada a repartir subsidios para las clases ociosas. No se entienda esto en el más perverso de los sentidos posibles, sino, en el literal sentido de lo que implica el ocio, según el Libro I de la Metafísica. Refiérome a la fortuna (exprésese gratitud a la Vida) de quiénes no nos vemos (demasiado) obstaculizados por el negocio. Me refiero a eso y solamente a eso, a la suerte de poder disponer de tiempo suficiente para poder dedicarnos a lo que nos gusta. Y, quizás, algún día, ganarnos el pan con ello (y devolverle algo a la sociedad).

En verdad, afinando la perspectiva, pienso que aquí no habría tanto una «improductividad», como muchas veces se quiere hacer ver (apelando al viejo adagio aristotélico de la filosofía como ciencia excelentísima, en virtud de su condición de ciencia no buscada por otra cosa sino por sí). Hay que preguntarse, entonces, qué sea eso otro que puede proporcionarnos la filosofía, y por qué es tan habitual el susodicho epíteto. Convendría, estimo, re-pensar la aparente dicotomía teoría-praxis, que resulta tributaria de este trillado lugar común. La filosofía no tiene por qué juzgarse algo improductivo; no al menos sí se abandona el sentido grosero que rotula lo productivo exclusivamente como aquello que es susceptible de generar réditos económicos tangibles (ya sea en la forma de bienes, servicios o recursos financieros). Acaso un factor de productividad de lo filosófico, sea político-estructural: es el tema de la implantación política de la filosofía. Dado que no es posible supervivir en el puro solipsismo, la filosofía, quiérase o no, tiene que ver con lo público-político (aun incluso en sus modulaciones per negationem, v.g. anarquismo). En cualquier caso, la filosofía aparece como uno de los materiales del espacio antropológico; esto es algo palmario: es un hecho de la cultura humana, un concepto históricamente realizado, y que admite ser explicado en los términos de su posible funcionalidad político-social. Hay otras aproximaciones posibles, pero esta es la que ahora me interesa a los efectos de la idea que deseo reseñar. El tipo de «productividad» (vale decir, funcionalidad) a la que me refería antes lo es en estos términos.

Piense el escenario como sigue. Consideremos que una educación afincada solamente en las lindes endógenas del discurso tiene la «virtud» de mutilar la capacidad crítica del individuo; de otro lado, para ejercer esta función de transmisión de unos ciertos contenidos, y en orden a la preservación de la sociedad política, a los entes del control social formal que se ocupan de gestionar la función educativa no les hará falta ejercerla con genuina vocación crítica (les basta, simplemente, con representarla). Más bien todo lo contrario; se me antoja perversamente ingenuo no considerar (aunque sea siquiera como hipótesis) que lo efectivo de la filosofía (en esta sucedánea expresión) corre a cargo precisamente de la inofensividad aparente de sus contenidos. Algo que, por lo demás, contribuiría a retroalimentar el juicio reprobatorio de la filosofía, al auspicio de una mentalidad utilitaria económico-centrista. Sin embargo, detecto ciertas paradojas en la coyuntura social en la que vivimos.

Por un lado, tenemos un estado social, democrático y de derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político (art. 1.1 CE). Asimismo, nuestra forma política se compromete no solo formal, sino materialmente con la idea de democracia, para lo cual instituye mandatos al legislador que son fuente de derecho objetivo y de obligaciones. Quizás el mejor ejemplo sea este (art. 9.2 CE):

«Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social»

Este estado, además de reconocer un núcleo insoslayable de derechos fundamentales (arts. 14-30 CE), asume también otros postulados en materia social (cfr. CE, Título I, Cap. III, arts. 39-52).

Pero, por otro lado, vislumbramos un crecimiento exponencial de aquella actitud ya mencionada, del homo economicus, lo cual, habida cuenta del hiato entre lo que programáticamente se instituye como nervio de la organización de lo común, y lo que, de facto, aquellas instituciones logran, invita a pensar, en consiguiente, cuán posible es que aquellos principios se vean obliterados (si es que no están ya virtualmente vacíos, en lo que sería una perspectiva radicalmente pesimista del asunto). Y ello precisamente merced a lo que sería el trasunto, en lo económico, de los efectos de la regla formal decisoria democrática. Que no haya sucumbido la filosofía, que no haya desaparecido de los currículos educativos en favor de otros conocimientos «más útiles» (para la inserción en el «mercado» laboral, claro está), quizás se deba a que siquiera en términos de mercadotecnia político-económica resulte «rentable» (nunca mejor dicho). Mucho se habla en la actualidad de que la filosofía, quizás, esté en situación de jaque, quien sabe si herida de muerte. Es posible, pero quizás (y con esto vengo a redondear el punto de mi argumento) estemos perdiendo de vista la posibilidad de una transformación idéntica, un giro pretendido (que la filosofía ejercida pueda de hecho estar favoreciendo según qué procesos; no lo sé, me limito a conjeturarlo). Propongo otro ángulo desde el que enjuiciar la problemática: ¿por qué no pensar, más bien, que no interesa acometer una medida tan radical, como más bien lograr el mismo efecto, a partir de su reconducción al paradigma ludificante, y, de este modo, poner a funcionar a la «filosofía» como dispositivo que subrepticiamente contribuya a mantener el estado de cosas imperante?

A los chavales que estén por entrar en el Grado les diría, sin edulcorantes: a veces, más, en la Universidad, es menos. Les diría que, tristemente, la figura del profesor universitario, hoy día, no siempre está a la altura del aura prestigiador con el que otrora nuestras abuelas, padres y madres dibujaban la profesión. A pesar de todo, y cómo en todas partes habas cuecen, tampoco podemos ser maniqueos. Algunas de mis mejores amistades han brotado en este ambiente. ¡No todo está perdido! Todo cuanto digo está pensado para alertar sobre la gran dosis de prudencia (inteligencia táctico- estratégica) que hace falta para salir más o menos indemne en términos de salud mental (los hay que directamente ni se hacen estas preguntas, pero esos, a mi humildísimo entender, son como zombis que se meten aquí, cómo podían haber hecho otra cosa; y no les culpo, pues el Estado del Bienestar nos ha bendecido con una gran variedad de salsas dónde untar, favoreciendo el reventarnos los receptores dopaminérgicos por encima de nuestras posibilidades, deviniendo así en indolentes pusilánimes que únicamente viven para el vacuo onanismo). Digo salir airoso en cuanto a la salud mental porque, no se a ustedes, pero a mí algunas cosas que he visto por estos lares me duelen muchísimo, y no se me antoja algo muy distinto de la corrupción que reprochamos a nuestros políticos.

— HipertrofiaOntológica93, noviembre 2024


«Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí. Son cosas ambas que no debo buscar fuera de mi círculo visual y limitarme a conjeturarlas como si estuvieran envueltas en tinieblas o se hallaran en lo trascendente; las veo ante mí y las enlazo directamente con la conciencia de mi existencia. La primera arranca del sitio que yo ocupo en el mundo sensible externo, y ensancha el enlace en que yo estoy hacia lo inmensamente grande con mundos y más mundos y sistemas de sistemas, y además su principio y duración hacia los tiempos ilimitados de su movimiento periódico. La segunda arranca de mi yo invisible, de mi personalidad y me expone en un mundo que tiene verdadera infinidad, pero sólo es captable por el entendimiento, y con el cual (y, en consecuencia, al mismo tiempo también con todos los demás mundos visibles) me reconozco enlazado no de modo puramente contingente como aquél, sino universal y necesario. La primera visión de una innumerable multitud de mundo aniquila, por así decir, mi importancia como siendo criatura animal que debe devolver al planeta (sólo un punto en el universo) la materia de donde salió después de haber estado provisto por breve tiempo de energía vital (no se sabe cómo). La segunda, en cambio, eleva mi valor como inteligencia infinitamente, en virtud de mi personalidad, en la cual la ley moral me revela una vida independiente de la animalidad y aun de todo el mundo sensible, por lo menos en la medida en que pueda inferirse de la destinación finalista de mi existencia en virtud de esta ley, destinación que no está limitada a las condiciones y límites de esta vida.»
— Kant, Crítica de la razón práctica)

«Los que enseñan creen haber alcanzado el fin cuando han mostrado al alumno enseñando»
— Aristóteles, Metafísica, IX-8, 1050 a 22-23).

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